06 noviembre, 2016

El lado frío de la esperanza

Desde hace tiempo me cuesta escribir, crear ideas originales que encajen en el propósito de los proyectos conjuntos en los que participo. Con esta antología, en concreto, escribí un relato creyendo que encajaría pues ir a lo fácil no es mi estilo y quería algo mío, algo que no surgiera de la mente de otra persona. Así que me puse a ello y cuando terminé me quedé con la sensación de que había metido completamente la pata, que no tenía sentido, que no servía para nada. Quise hacer desaparece lo que había escrito borrándolo, eliminándolo de mi mente. Pero no sé cómo, al final, ha conseguido su hueco en esta antología. Aún no me lo creo y sigo sintiendo que mi relato no merece ocupar ese espacio. Sin embargo, alguien ha creído que merecía una segunda oportunidad. Quizás. Yo también se la daré.


Incluso visto desde lejos, aquel vasto y aparentemente manso mar parecía no tener fin. Sin horizonte. Hacía tan sólo unas horas que la fragata había salido de la troposfera, y ahora se encontraba suspendida sobre la superficie del mar, a la espera. La tripulación del Nadati Se[1] F5 iba y venía a grandes zancadas a lo largo y ancho de la nave espacial sin saber qué era lo que tenían que hacer. Era la primera vez que aterrizaban en un planeta con un ecosistema tan peculiar. Kilómetros y kilómetros de aguas cristalinas que cubrían gran parte de las pocas tierras áridas y muertas que aún quedaban en la superficie. Aquel planeta era tan azul, tan inmenso, tan… viejo y miserable.
Nos Aquila tenía el presentimiento de que aquella era la última esperanza de su pueblo. Durante numerosos ciclos habían vagado por galaxias en busca de una tierra nueva que poder habitar, que poder labrar, que poder llamar hogar. Quizás este planeta azul podría brindarles la oportunidad de volver a empezar.
Atrincherado en la cabina de observación contemplando la belleza de tan hermoso azul a través del cristal, Nos Aquila llamó al puesto de mando. Necesitaba saberlo.
—¿Hay posibilidades? —dijo con voz trémula.
—Es difícil de decir, lorehc[2]. Los escáneres no detectan signos de vida orgánica más allá de la habida bajo el mar. Según los registros, el planeta denominado Tierra fue abandonado hace tiempo, al borde del caos. Las pocas zonas que no están sumergidas han sido repobladas por microorganismos desconocidos y altamente nocivos. Quizás debamos estudiar el ecosistema antes de...
—Haced lo que tengáis que hacer, pero hacedlo rápido —le interrumpió Nos Aquila con un gruñido.
—Pero la nave puede verse comprometida y nuestros magos pueden sufrir una intoxicación. La atmósfera podría no ser apta para nosotros.
—¡No me importa! —exclamó el capitán golpeando el cristal con su puño. — Hemos llegado muy lejos como para irnos. Al menos tenemos que… Es tan azul. Y el mar…
Al otro lado del intercomunicador, el piloto suspiró.
—Haremos lo que podamos, lorehc.
Havla[3], Azar.
Abatido por las malas noticias, Nos Aquila se dejó caer en el suelo, apoyándose contra el cristal, dejando a sus espaldas aquel magnífico y azul casi transparente océano de vida y anhelo. Con los ojos cerrados y los sentidos adormilados por el sonido de los motores de la nave, se dejó soñar. Se imaginó de pie sobre el mar, acariciando sus corrientes, aspirando sus salinas, yendo a la deriva mientras allá arriba, en el cielo, sólo había estrellas, nada más.
—Ahora sólo estamos este planeta sin nombre y yo.  





[1] En croata, «esperanza»
[2] En la lengua de origen (L.O.), significa «maestre» y se utiliza como muestra de respeto hacia un cargo superior.

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