11 marzo, 2016

Vientos de Budapest

Frozen landscape, Francesco Boschi
23 de febrero de 1954
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“Seguro que es la primera vez que ve nevar”, se dijo a sí misma Darya Goldstein desde su escondrijo en la ladera de una peña.
Hacía tan sólo unos días que el general les había comunicado que podían abandonar el laboratorio sin dejar, eso sí, las inmediaciones del recinto. Tal era su recelo, que junto a ella se encontraban dos corpulentos soldados armados hasta los dientes escoltando al sujeto 17. El hasta entonces único superviviente del proyecto, parecía no tener el mayor interés en ellos. Se llamaba Erich y los lobos le temían.
De pie junto a la orilla del lago con los brazos extendidos y las manos puestas hacia arriba, el pequeño Erich parecía congelado en el tiempo. Tez cenicienta, ojos vacíos y opacos, pelo color ceniza, escuchimizado, de aspecto frágil. El día de su nacimiento muchos se cuestionaron sus probabilidades de sobrevivir pues desde su concepción, todo cuanto rodeaba a Erich parecía sacado de una leyenda. A menudo corrían rumores entre los trabajadores sobre el extraño comportamiento del niño, más animal y bestia que humano.
Malditos escépticos tocapelotas. ¡Qué sabían ellos! Erich era un prodigio, una excepción, un milagro. Era como un copo de nieve: único en su especie, pues no existen dos copos de nieve iguales.
Y allí estaba él, observando la nieve caer, acumulándose bajo sus pies y en sus manos. Sólo permanecía allí clavado al suelo, como si estuviera esperando que algo extraordinario, algo mágico fuera a suceder de un momento a otro.
De repente, a lo lejos se escuchó un coro de aullidos tristes y nostálgicos. Como si algo hubiera despertado en él, Erich dejó caer la nieve de sus manos y se volvió hacia el sonido. Del interior de su pecho brotó un aullido similar, más agudo y penetrante. Los dos soldados agarraron con fuerza sus armas atentos a cualquier imprevisto.
Darya observó detenidamente a Erich, en cómo echaba la cabeza hacia atrás y en cómo todo su cuerpo parecía recordar.

Los lobos temen a Erich, pero Erich sólo quiere volver a casa.

2 comentarios:

  1. Quería decirte que me alegra infinito que participes en antologías, que escribas, en general, porque siempre ha sido genial leerte y se echa de menos, de verdad. Sé que te sigo debiendo una carta (ya tengo sellos, sólo me falta sentarme y respirar para escribir). Mucho ánimo con todo, M, no dejes nunca esto, de verdad.

    Un abrazo.

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  2. Intrigante, me dejó con ganas de conocer mejor a Erich.

    Nos leemos.

    Saludos,

    J.

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