21 diciembre, 2015

Terraform

A pesar de que he cambiado los nombres, hay referencias claras al universo de Mass Effect, pues mi intención inicial para esta escena era que formase parte de un futuro fanfiction, que sería una precuela de la saga bajo mi punto de vista. El personaje femenino protagonista de Mass Effect es Jane Shepard (Jane es el nombre que aparece por defecto), cuyo apellido he cambiado en este relato. Sin embargo, debo señalar que la compañera de habitación de Jane que aparece en la historia, es en realidad una asari y que Astarte es el Hombre Ilusorio, también conocido como Jack Harper antes de que tomase este alter ego.

Os recomiendo fervientemente que le déis una oportunidad al universo de esta magnífica saga. No os decepcionará (hasta el momento hay tres videojuegos y tres novelas).


Por favor, permanezcan en sus habitáculos. Si no se encuentra en ellos, busque refugio inmediatamente. Cierren todas las persianas y las cortinas, bloqueen todos los accesos. Sigan las reglas estipuladas por la Sección Cuarta de Seguridad de Travesía Interespacial y Gestión de Vuelos de la Armada de la Alianza.
No miren hacia al exterior.
No miren al cielo.
No hagan ruido.
Su cooperación es vital para su supervivencia. Personal autorizado de la tripulación les informará en breve.

Las alarmas habían saltado de nuevo. Era la quinta vez ese ciclo. Tal y como era de esperar, todos cuantos se encontraban fuera de sus cápsulas se apresuraron en volver a ellas. Los niños se agarraban con fuerza a sus progenitores, las parejas se tomaban de las manos. Poco a poco el sonido de las compuertas cerrándose una tras otra fue lo único que rompía el silencio de la cabina.
–¡Eh, Limbeck! Debemos entrar –su compañera de cápsula llegó corriendo hasta la puerta, parándose en el umbral de ésta al ver que ella aún permanecía fuera–. ¡Date prisa!
Pero Jane parecía no tener ninguna intención de seguir el protocolo. Su compañera, una joven aristócrata cuya familia llevaba generación tras generación sirviendo bajo el mando de la Alianza, decidió que no iba a jugarse el pellejo por una terrana huérfana a la que nadie echaría de menos. Se apresuró a entrar dentro de la cápsula y golpeó el botón que cerraba la compuerta. Jane echó un último vistazo por encima de su hombro. No era la primera vez que rompía las reglas y, definitivamente, no iba a ser la última.
Al igual que las otras veces en que las alarmas rompían con la monotonía de la nave, cada sala, cada pasillo, cada espacio quedó vacío, como si una fuerza invisible y devastadora se hubiera llevado consigo cualquier atisbo de vida. Excepto la de los animales del laboratorio de investigación, que chillaban y golpeaban las jaulas que los mantenía cautivos clamando por una vida que ahora se escondía, temerosa de lo que pudiera encontrarse allí fuera.
Jane dejó atrás la cubierta de los camarines. Subió por las escaleras que se encontraban en los costados de la Sala de Conferencias hasta el pasillo que conducía directamente al puente de navegación. Lo que algunos pasajeros no sabían es que existía una zona de la nave cuyo acceso estaba restringido a unos pocos miembros de la tripulación, incluyendo a la piloto, al comandante y a la capitana; el resto, podían darse por muertos si osaban entrar en aquel lugar. Pero Jane (oh Jane) era una terrana, había crecido en las calles, trepado por sus muros, recorrido sus angostos callejones, una mísera cerradura de código único no sería nada. Quizás no tuviera las mismas habilidades y conocimientos de un ingeniero, que podía apañárselas. Cortesía del siempre manazas Lolo.
Jane se deslizó por el conducto que llevaba a la cubierta superior, a la que sólo los oficiales tenían acceso. En cierto modo, el tener un cuerpo flexible aunque no demasiado esbelto, le suponía una gran ventaja a la hora de inmiscuirse allí donde no debía. Siempre había sido así. Ella y el mundo, un mundo lleno de secretos y gente a la que joder antes de que la jodieran a ella. Incluso viajando como estaba haciendo en aquel crucero de la Alianza rumbo a no se sabía dónde, se sentía como pez fuera del agua. Acostumbrada a vagar por los rincones más sórdidos habidos y por haber de la Tierra, ahora, el estar allí, era sencillamente indescriptible.
Cuando hubo llegado a la trampilla que daba acceso a la cubierta, echó un leve vistazo por si alguno de los oficiales o de las guardias andaba cerca en busca de alguna persona extraviada. Al no ver señal alguna de presencia militar, salió de su escondrijo y observó con gran asombro la estancia. No es que se tratase de un lugar muy lujoso o despampanante, sino que era, sencillamente, una gran habitación  sin ningún tipo de mobiliario (a excepción de una única silla en el centro de la sala y un pequeño monitor. La sala al completo estaba cubierta por una cúpula de cristal que permitía ver el exterior. Allí fuera, fuera de la nave, fuera de la Moses R990 había oscuridad, vacío, incertidumbre, y…
–¿Estrellas?
Jane apoyó la mano sobre el cristal. Frío al tacto se sentía incapaz de apartar la vista de aquellas extraordinarias luces pintadas a pulso en el manto negro del universo. De repente, todo atisbo de fascinación de vio nublado por la sensación de que algo no iba bien. ¿Qué hacían allí todas aquellas estrellas? ¿Cómo habían llegado hasta allí? ¿Dónde estaban exactamente? ¿Tal lejos estaban ya de la Tierra?
–Es la estrella Deneb –dijo una voz a sus espaldas. Jane dio un respingo, sorprendida. Al parecer, ella no era la única que había desobedecido las normas. Y tampoco no necesitó darse la vuelta para saber de quién se trataba. De hecho, sabía muy bien quién era.
–¿Qué haces aquí?
Astarte levantó las cejas y su boca formaba una fina línea. Su expresión era bastante clara. Decía algo así como ‘¿en serio me estás preguntando eso?’. O algo así, porque a ella, aunque la observación era uno de sus más preciados dones, le resultaba difícil identificar las emociones ajenas. Incluso las suyas propias, a veces le resultaban desbordantes y confusas, como en aquel preciso instante, en el cual Astarte se aproximó a ella muy lentamente. Cada paso suyo era un corte de respiración para Jane. Intentó decir algo, abrir la boca y que las palabras saliesen por sí solas, pero incluso eso, las mínimas interacciones humanas, le causaban dolor. Mantuvo la boca cerrada, esperó a que Astarte dijera algo ingenioso que diera pie a que un oportuno interés por parte de Jane, evitando así tener que decir nada, o por el contrario, dijese algo tremendamente estúpido, en cuyo caso le ignoraría por completo o le daría una paliza, lo que más le pidiera el miedo.
Fuera como fuese, aquel tipo le daba mala espina. Desde la primera vez que le sonrió durante una de las tan habituales redadas de la sección de Delitos de Terrorismo Urbano en los barrios marginales de la Tierra, nunca había vuelto a ser capaz de girar en una esquina sin contener la respiración. Aquel hombre y su sonrisa, y sus palabras, y su amabilidad, y su encantado, y su aire de grandeza eran apabullantes, electrificantes, aterradores.
Cuando Astarte se hubo colocado a su lado, Jane no pudo evitar soltar todo el aire que había estado conteniendo desde que había aparecido. ¿Tal era el poder que tenía sobre ella que con su mera presencia era capaz de despojarla de sus más primitivos instintos? ¿Dónde estaba su instinto de supervivencia? ¿Dónde estaba el oxígeno? ¿Y su rabia? ¿Y su ira? ¿Y su dolor? ¿Y las lágrimas que eran su combustible?
–Sabía que estarías aquí, por eso he venido.
Jane intentó recomponerse, juntar todos los pedazos, reconstruir la coraza que durante tantos años había llevado puesta a su alrededor. Miró por el rabillo del ojo. Aquel hombre no era diferente del resto, no era distinto a todos los que había conocido a lo largo de sus dieciocho años. Lo único que lo hacía especial era su falta de humanidad, a pesar de ser lo único que defendía a capa y espada. Sus intereses iban más allá de la Alianza. Poder, control, dominación. La humanidad siempre.
Sí, Jane ya se había topado con aquel tipo de seres antes. Todos tenían buenas intenciones, palabras bonitas y alentadoras, pero también tenían demonios y algunos vestían trajes de carne y hueso.
Astarte no era diferente.
–No me gusta la gente, ya lo sabes –le respondió Jane, con la mandíbula tensa.
El no me gusta tú estaba implícito. Si Astarte percibió o no la tensión de su cuerpo, prefirió no hacer alusión a ello.
–Jane, Jane, Jane. Querida mía, deberías de sonreír más, seguramente así la gente te tendría más aprecio.
La forma en que pronunciaba su nombre le producía escalofríos. Aquel hombre no era diferente del resto. Astarte no era diferente. En realidad, era mucho peor.
El cuerpo de Jane se tensó completamente cuando la mano de Astarte se posó delicadamente sobre su hombro. Hacía un buen rato que las alarmas de la nave habían dejado de sonar, pero ahora era su instinto el que gritaba, su cuerpo el que clamaba huye, joder, huye.
–Pronto llegaremos a la Ciudadela, Jane. Será mejor que vuelvas a tu camarote. – Astarte se inclinó sobre ella, aún con la mano apoyada sobre su hombro, y con aquella voz enigmática le susurró: –Seguramente tu compañera está preocupada por ti.
Miles de imágenes se proyectaron en su cerebro. Miles de voces empezaron a zumbarle en el oído. La guerra, el hambre, el destino y una niña pequeña deseando que alguien la salvara. Y salvada fue, pero no por quien ella esperaba. De pronto, la mano de su hombro desapareció. Aquel demonio se apartó, el oxígeno volvió a sus pulmones y un intenso dolor se originó en su cabeza y en su pecho.
–Será mejor que vaya al puente. Otro día te contaré la historia entre dos estrellas y de cómo Deneb las mantuvo unidas.
Jane permaneció con los ojos cerrados hasta que oyó cómo Astarte salía de la cubierta, dejándola sumida entre tanta confusión, entre tanto eco y tanto recuerdo. Se dejó caer sobre el frío suelo, apoyando la frente contra el cristal, intentando acompasar la respiración con los latidos de su corazón.
No miren al exterior. No miren al cielo. No hagan ruido.
Sí, la estrella Deneb, en la constelación Cisne, a más de mil años luz de la Tierra. 
Sólo eran estrellas, nada más.

Este relato forma parte de la antología Universoque podéis leer a continuación.

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