23 diciembre, 2015

Aire

Hay sangre en la cama.
En las sábanas, en el cubrecolchón, en la entrepierna de su pantalón.
Las ventanas de su habitación están abiertas de par en par. Hace frío, pero ella lleva puesto un jersey de lana. A sus pies hay un revoltijo de ropa manchada. Sus pantalones de dormir, su camiseta con olor a cerveza y sus bragas. Hace frío fuera y allí dentro empieza a hacerlo también. La calefacción está encendida, pero eso a ella parece no importarle. 
Me acerco, sigilosamente. Ella sabe que estoy allí, que mido mis pasos con precisión intentando no asustarla y evitando la sensación de que está siendo juzgada. Veo un par de lágrimas cayendo por sus enrojecidas mejillas. Me mira. Es el vivo retrato de la amargura.
Espero.
Habla.
—Xani se ha ido.
Me siento en el borde la cama, dándole la espalda. La oigo gimotear, sorber por la nariz, secarse las lágrimas con el puño del jersey (ése tan bonito que yo le regalé).
—No quiere dormir conmigo. No quiere follarme como es debido. No quiere tocarme ni hablarme. Sé que le duele no poder follar, pero a mí me duele más sangrar.
Se abraza a sí misma como si temiera romperse, perderse, dejarse llevar por la tentativa de.
—Dice que se quedará con Mario hasta que se vaya este olor. O hasta que se le acabe el café o el tabaco.
Le tiendo la mano. Tímidamente, se aferra a ella, con la cabeza gacha intentando hacerse lo más pequeña posible bajo ese jersey de paja. Quiero tocarle la mejilla y apenas llego a rozarla; mis dedos orbitan sobre su piel mojada por las lágrimas. Me digo que es mejor esperar, que ya llegará el momento de estar cerca de ella cuando ella quiera.
Hay sangre en la cama, en las sábanas, en el cubrecolchón, en la entrepierna de su pantalón.
—Yo te querré por él —le susurro.
Nos escondemos en el baño. Blanco en las paredes, blanco en el techo, blanco en el suelo. En algún punto de esta casa teníamos que sentirnos seguras. Abro la mampara de la ducha. Enciendo la radio y le doy la espalda. Oigo cómo cae la ropa, la pereza y la desazón. El agua empieza a correr. Pronto el vaho empaña los cristales.
Quiero hacer esto rápido, de un tirón, como cuando te quitas una tirita de una herida aún por cicatrizar. Así, sin anestesia. Sólo un leve escozor.
La mampara se abre, de repente. Ha escrito palabras de forma aleatoria. Ha dibujado símbolos, recuerdos que para ella son fantasmas, para mí son una vida.
No dice nada, sólo me mira. Su pelo húmedo le ensombrece el gesto sugestivo: media sonrisa, cabeza ladeada, pupila dilatada. Mueve sus dedos delante de mí, indicándome que no los pierda de vista. Inicia un viaje vertiginoso desde su barbilla hasta el interior de sus muslos.
Hay sangre en la cama, en las sábanas, en el cubrecolchón, en la entrepierna de su pantalón.
Finalmente lo dice. Dice las palabras mágicas…
—Él no está aquí.
El espacio es reducido y no he bebido café esta mañana, pero todo parece más grande, enorme, desde aquí dentro. No tengo intención de marcharme, y ella tampoco parece que quiera dejarme ir. A veces no sé si tiembla por mí o por el frío que la corroe.
El agua sigue corriendo, llevándose la evidencia con ella. Yo le aparto el pelo y le acaricio el cuello. Tiene los brazos pegados al cuerpo, los ojos cerrados y los labios entreabiertos. Quiero tenerla, aunque sea de esta manera, por una vez.
De fondo una canción melancólica sobre el amor y la carretera.
No me atrevo a tocarla más allá de sus costados. Con gusto la besaría, con placer le follaría la boca, le mordería la piel, dejaría mi huella, la abrazaría, el acariciaría el pelo, le sostendría la mirada, y coparía sus pechos…
—Por favor.
Dicen que es mejor mantenerse lejos de un animal herido.
Podría herirme, dejarme malherida, tanto que sólo sobreviviría estando cerca de ella.
Cierro los ojos yo también. No quiero ver cómo me rindo y caigo de rodillas delante de ella. La punta de mis dedos aprieta sus caderas. Ella abre sus piernas. No hay color ni amor si mientras yo estoy aquí ella está ahí pensando en él. Y aun así, le deletreo mis versos con besos, lengua y dedos.
Después de un rato, llega el esperado ahhhhh. No es un orgasmo, es una revelación. Salgo de ese pequeño mundo, dejo que ella se sumerja en su fantasía.
Hay sangre en la pila de la ducha, en el lavabo, en las bragas que ha dejado sobre la taza del váter.
Hay sangre en mis manos, bajo las uñas. En sus caderas, en mis labios, en su ombligo.
Ahora la que tiene ganas de llorar soy yo.

6 comentarios:

  1. Es brutal.
    Me gustaría dejarte un comentario más elaborado pero es que no me sale nada más.
    Brutal.

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    1. Las palabras también fallan. Pero con una sola, me has dicho mucho.

      Gracias por leer y comentar.

      ¡Un saludo!

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  2. Perfecto. Yo también me he quedado sin palabras.

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    1. He de reconocer que me halaga mucho jaja No es fácil dejar a una persona sin palabras.

      Muchas gracias por leer, comentar y también por compartirlo.

      <3

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  3. Nunca había estado por aquí, pero me quedo.

    Qué fuerza tienes en las palabras y qué fuerza transmiten.

    S.

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    1. Pues sé bienvenida y espero que te sientas a gusto.

      A veces la fuerza me flojea, pero siempre intento que no sean palabras vacías.

      Muchas gracias por leer :)

      ¡Un saludo!

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