31 octubre, 2015

En lo profundo



Empezaré diciendo que nadie resultó herido en esta historia; al menos no de forma intencionada (aunque sé que ahora mismo tienes un agujero del tamaño de una bala en el centro del pecho por mi culpa, por mi egoísmo, por mi naturaleza). Nunca quise que esto terminase así, pero era la única solución.
Nerea, cuando leas esto al menos sabrás por qué hice lo que hice.

De una forma u otra, todas hemos sentido la llamada de Océano en algún momento, pero no todas hemos acudido a ella. Aunque quizás sería más apropiado decir que no todas hemos podido hacerlo.
La historia que os voy a contarte es triste. Quizás no te suene pues nunca se han escrito canciones sobre ella; en realidad, nuestras lágrimas despiertan más desagrado que compasión. A menudo nos confunden con esas maliciosas y arrogantes sirenas, pero me gustaría que por una vez dejásemos a un lado las leyendas sobre lascivos y vengativos dioses y tenaces y osados guerreros, y empecemos a creer que detrás de cada historia no siempre se esconde un final feliz.
A menudo me siento atrapada en esta tierra cuanto menos conocida, no sólo por el peso de los años (y de los siglos), sino porque parece que la humanidad se ha olvidado de nosotras, de lo que hacemos, de lo que en un tiempo atrás llegamos a representar. Cierto es que los templos sólo se reservaban para los grandes, como Zeus o Atenea, mientras que seres insignificantes como mis hermanas y yo teníamos que conformarnos con pequeñas y modestas ofrendas en tiempos de cosecha o pesca. Éramos felices, estamos juntas, mis hermanas y yo, nuestra madre, Doris, y de vez en cuando, nuestro altivo pero considerado padre Océano. Cada una de nosotras cuidaba de una pequeña parte del reino. Ríos, fuentes, riachuelos, lagos, incluso mares. Éramos… libres, podíamos caminar por donde quisiéramos, ir a donde nos apeteciera, disfrutar de la belleza que nos rodeaba, cerrar los ojos y sentir el empuje del mar, de la luna, de las mareas. Vivíamos en paz. Estábamos vivas. Yo estaba viva.
¿A quién pretendo engañar? El tiempo de los dioses ha concluido y ya sólo quedamos unas pocas, tú lo sabes bastante bien. Vivimos en un mundo donde lo que antaño fueron nuestros hogares ahora son aguas turbias y ponzoñosas que queman nuestra piel y dañan nuestros cabellos, el aire es corrosivo para nuestros ojos y cada vez los inviernos son más largos. Sólo unas pocas permanecen en tierra, y una de ellas soy yo.

Vivía en un modesto piso de alquiler en una pequeña comunidad con aquella preciosa fuente de cerámica árabe de tonos verdes y azulados en mitad del patio justo antes de la entrada. Tenía por costumbre levantarme bastante tarde, cuando el sol ya estaba en lo más alto, eso en los días en los que realmente hacía sol, pues cuando el cielo se tornaba gris sabes que es como si mi alma abandonase mi cuerpo y fuese incapaz de salir de la cama. Y eso duele, me duele, lo siento en los huesos, en la carne.
Caminaba siempre en línea recta, pegada a los edificios por si llegaba el momento en que las piernas ya no me sostenían (resulta realmente difícil mantenerse en pie cuando tu propio cuerpo pesa cuatro veces más que el de un ser humano). Procuraba tomar una ruta conocida, seguir la línea de pequeños comercios, saludar a la misma gente de todos los días, evitar las miradas indiscretas de los extraños y hacer oídos sordos a sus comentarios desafortunados (“mira a ésa, si parece una yonki”; “joder, ¿de qué agujero se habrá escapado?”; “¿será contagioso?”) hasta llegar al punto de encuentro. [Lo cierto es que a las náyades como yo no nos sienta demasiado bien estar fuera del agua durante mucho tiempo, ¿sabes? Añoraba el color negro de mi pelo, el tacto glacial de mi piel… Echaba de menos mi elemento, allí donde soy grácil y elegante, y no esta tierra donde me siento torpe y siempre, siempre estoy cansada.] Lo llamaste Ítaca porque tu libro favorito era La Odisea (yo siempre lo encontré bastante gracioso).
En cuanto entré por la puerta supiste que no éramos iguales, que yo era casi tan antigua como el universo y que tus ojos, comparados con los míos, aún demasiado jóvenes para conocer mundo. Yo había vivido guerras, hambrunas, epidemias, catástrofes.  Y tú… bueno, tú acababas de terminar la universidad, me dijiste, y que aquél era tu primer trabajo, me confesaste sonrojada. En aquel preciso instante supe que tenía que darme prisa, que quizás sería mi última oportunidad (o la única) para vivir.
—Me alegro de que hayas podido venir a nuestro grupo de autoayuda.
Y así fue como empezó todo.
Nuestro grupo era de lo más variopinto: una sirena prostituta, un cerbero adicto a la heroína, un viejo guerrero sin mujer ni pensión ni gloria, y un par de harpías de una banda de moteros. Supongo que había suficiente drama como para escribir un buen manual de psicología, pero eso nunca te importó. Tú sabías escuchar, no nos juzgabas. Sabías de nuestras vidas pasadas, de todas nuestras vidas, de la soledad, de los amantes, y amigos que fueron quedando en el camino, de los remordimientos, de las lágrimas, de las sonrisas… No te importó que mi piel fuese pálida y azulada, o que mis ojos hubiesen perdido su brillo y fueran casi translúcidos, o que cada vez que saliese de la ducha se me cayese un poco más el pelo. Tú me mirabas y algo debía de quedar aún con vida dentro de mí para que decidieras quedarte a mi lado.

[Que no te extrañe si te digo que mi color favorito es el azul, te susurré aquella primera vez que nos tumbamos juntas bajo el sol.]

Pero no fue suficiente. Y ahora lo sé. No he sido capaz de mantenerme lejos de mi hogar, pues siempre estaré conectada a él, de una forma u otra. La fuente, la fuente de cerámica árabe. Toda ninfa tiene a su cargo una representación de su elemento. Hace tiempo que olvidé lo que era estar en el mío, lo que era ser libre, lo que era respirar, lo que era vivir. Y ya he estado demasiado tiempo lejos de casa.

No fue tu culpa. No fue culpa de nadie, en realidad. Simplemente no fui capaz de decirte adiós. Y creo que ya es hora de dar el paso.

[Soy un fantasma,
soy espuma de mar,
con mis hermanas canto,
a este amor que nunca podré olvidar.]

Tsagarada, Abril 22 de 2136



«Investigan la aparición del cuerpo de una joven en el fondo de un acantilado. La joven fue localizada por uno de los pescadores de la zona. Los efectivos de la policía investigan ahora cuáles han podido ser las causas que han originado este terrible suceso. Los investigadores barajan la posibilidad de que la joven se suicidase; sin embargo, ya se ha establecido el secreto de sumario. Habrá que esperar para tener más detalles de esta desafortunada noticia.»

2 comentarios:

  1. Es precioso, no sé que más añadir. He respirado el mar al leerte.

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    1. La primera vez que los escribí creí que era una porquería (lo hice deprisa y corriendo y sin muchas ganas, la verdad). Pero una vez dejé que pasase el tiempo y lo leí con otros ojos, me sentí orgullosa. A mí también me gusta.

      Gracias por leer y por pasarte :)

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