26 julio, 2012

Who are you really?


Empiezo a sospechar que tengo mala suerte desde que nuestros hombros se chocaron un día cualquiera en una avenida concurrida en un instante determinado. Te convertiste en el responsable de mis desgracias, te lo he repetido en varias ocasiones, pero no me haces caso, prefieres ignorarme e irte por ahí con tu chupa de cuero y tus gafas de sol a cazar palomas. Todavía me debes la reparación del coche, ya sabes, la abolladura del capó, ésa que dejaste de recuerdo dos meses después de chocarnos por casualidad. Nunca creí volver a verte y menos en aquellas circunstancias: agitado, con la nariz sangrándote a borbotones, peleándote con un tipo a puñetazo limpio, saltando sobre el parabrisas... Te miré, te quedaste congelado. No supiste qué decir, yo menos aún; sólo supe que al segundo siguiente estabas sentado a mi lado dentro del coche, en el asiento del copiloto y me gritaste: 
—¡Arranca, joder! 
Ignoro por qué te obedecí. Podría no haberte hecho caso, dejar que aquel gorila sacase tu culo de mi coche y te rematase, porque seguramente, cualquier cosa que hubiese sucedido, habría sido culpa tuya. Atraes la mala suerte, pero lo curioso es que luego tú eres el de la buena fortuna.

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